De árboles y hombres.

 

Hay dos maneras rápidas de matar un árbol: puedes arrancarlo de raíz o puedes podarle todas sus ramas y dejarlo en un triste tocón que se seque al sol.

Los árboles son criaturas de dos mundos, porque hunden sus raíces en la tierra, cada vez más profundamente, pero elevan sus ramas al aire, al sol, a un mundo que está más allá de sus raíces.

Y es inútil tratar de definir si el árbol es raíz, o es tronco y ramas, porque es ambas cosas, nace de la tierra, de ella saca lo mejor, lo que es productivo, lo procesa, lo transforma, y lo lleva en forma de frutos apetecibles para compartir, sin pedir mucho a cambio, con el resto del mundo que está por encima de esa tierra.

 Porque pocas veces nos paramos a pensar en esa tierra que pisoteamos, la que tenemos separada de nosotros por una protectora suela de zapato, que os aleja de lo que consideramos podredumbre, pero nos aprovechamos de lo que esa tierra nos da, a través de los árboles, en forma de fruto, o madera, o simplemente una rama de la que colgar un columpio a la sombra protectora del follaje.

El árbol no sabría decir a ciencia cierta de dónde vino la semilla, de que recóndito lugar del mundo, tal vez llevada por el viento, o por algún animal, transportista involuntario, vino la simiente que un buen día arraigó en suelo extraño, y se abrió paso hacia abajo primero, buscando los orígenes ocultos, y luego hacia arriba, titubeante, como quien tiene sonrojo de mostrar su cara al sol.

Pero cuando lo hizo, el árbol supo que ese era su lugar, que ahí debía crecer, y dar fruto, o sombra, o cobijo, sin pedir a cambio más que un poco de lluvia, como la que nos toca a todos.

Y más aún, el árbol viejo, después de años de duro bregar, entrega su cuerpo y su alma al fuego, para calentar a los demás, o la sierra, para dar cobijo a otros, o para ayudarles a amueblar su casa, porque no puede ayudarles ya  a amueblar sus cabezas con una sombra reparadora o una fruta exótica.

Los emigrantes son (somos) así, como árboles, que no sabemos si somos de una tierra que nos dio la vida, o del aire que nos mece, o del sol que nos baña, pero sabemos que somos de aquí, de este sitio en el que nos ha tocado echar raíces, y dar fruto, el mejor de ellos nuestros hijos, retoños de la savia generosa que nos nutre. Y sabemos incluso como sacar provecho  de la porquería que otros se empeñan en echarnos encima, porque sabemos que sus despojos son abono para el que sabe usarlos con corazón y cabeza.

Puede que nos arranquen de raíz, o que nos corten las ramas, pero al final, de una u otra forma, retoñaremos para seguir dando lo mejor de nosotros, aquí ahora y siempre.

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