No, la que hace daño es la que llega igual que la otra, de un detalle casual, de un “no sé a qué me vino eso ahora a la cabeza” y se te mete dentro, la muy jodida, y escarba en tus recuerdos y se engancha a las fibras más íntimas de tu ser con uñas y dientes, como esos restos de plantas que se te enganchan en los bajos de los pantalones cuando vas por el campo, pero esos recuerdos se enganchan a los bajos de tu alma, y son más difíciles de quitar.

Y no se trata de que eches de menos un sabor, un olor, un sonido… es que echas de menos sentirte tú mismo en ese otro sitio que dejaste detrás, que a veces piensas que has olvidado, pero que cuando menos te lo esperas… ¡zas! Salta de golpe y te dice ¡Hola, aquí estoy, soy la añoranza de tu pasado, de tu presente, de tu futuro incierto!

Y eso es lo que duele, que no sabes si irte, o quedarte, si eres de aquí o de allá, porque lo mismo se te descompone el alma con un son, o una cumbia que con una isa o una folía, porque echas de menos los frijoles o las caraotas tanto como sabes que extrañarás las papas arrugadas con mojo, y el sonido del viento en los matorrales y las palmeras  de tu país de origen te calma tanto como el susurro del viento entre las rocas del malpaís de tu país de adopción.

Y es entonces cuando duele, porque de repente te das cuenta de que acabas de llamar “tu país” a dos lugares distintos del mundo, y te sientes un poco traidor, un poco extraño, porque sabes, en lo más íntimo de tu ser, que ya no eres “de allá” ni “de aquí”, sino que eres un poco de todas partes, y tienes miedo a dejar de ser lo que eras sin darte cuenta de que siempre has sido el mismo.

Entonces te pones a pensar que tal vez, sólo tal vez, vas a sentir añoranza y nostalgias vayas donde vayas, porque aunque estés en Groenlandia o en Kuala Lumpur, vas a llevar en el alma una mezcla de olores, de sabores, de recuerdos en fin, que son o que te hacen ser como eres, y te das cuenta de que lo que importa no es olvidar, sino recordar con cariño pero sin estridencias, y que no hay que cambiar un sitio por el otro, porque todos los lugares de tu vida tienen un sitio en tu corazón.

Cuando has asumido eso, te pones el alma en su sitio de nuevo, te recompones los sentimientos, estrenas un sonrisa nueva, y coges a tu hijo de la mano, y sales “a dar una vuelta” que tanto da sea una vuelta a la manzana o una vuelta al mundo, si al final sabes que volverás a encontrarte contigo mismo en la sonrisa de tu hijo, que lleva dentro de sí, lo mejor de los dos mundos, que ahora, son el suyo.

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