Noelia y Esther crecieron juntas en un barrio de Caracas. Tenían la misma  edad, y desde niñas fueron inseparables.

El paso de los años fue cimentando su amistad y sus confidencias, sus afinidades y sus mutuos deseos de emigrar, de salir de Venezuela, de buscar nuevos horizontes.

Primero fue Esther, que con un visado de turista y una maleta llena de ilusiones voló rumbo a Madrid, a una ciudad de la que todos hablaban mucho, unos bien y otros mal. Esther no quiso irse así, no confiaba en eso de “irnos a la aventura” y sobre todo no quería irse siendo una ilegal en otro país, por más que las promesas de que al cabo de los años eso se arreglaba fueran moneda común.

Esther viajó, y dejó en su tierra natal recuerdos y añoranzas que confiaba borrar con las nuevas experiencias en su nuevo destino. Noelia se quedó, haciendo llamadas, buscando contactos, rastreando antepasados difusos hasta que encontró un hilo que le llevó, previa solicitud de su nacionalidad por un ascendiente emigrado, a unas Islas Canarias que no conocía de nada.

Ya las dos en España, se retomaron las confidencias y las conversaciones interminables.

Por una parte “que si aquí hace mucho frío, que la gente no es tan hospitalaria, que no saben lo que es una cachapa, que te miran raro” del otro lado de la línea, a casi 1000 kilómetros de distancia y a medio mundo de sensaciones, Noelia le contaba “que esto es como estar en casa, que hay más venezolanos que gente de otros países, que en cualquier esquina hay una arepera y que la gente te habla con afecto de Venezuela, y se preocupa por ti”

Fueron meses de palabras y sueños cruzados, de llamadas para consolarse por la ausencia de una Venezuela que la una sentía lejana y perdida y la otra sentía cercana y cálida.

Al final, pesó más la pena del abandono y la inseguridad de estar ilegal que otra cosa. Noelia removió cielo y tierra, buscó de nuevo a los abogados que le ayudaron a resolver su caso, les puso en antecedentes del tema de Esther, y puso el dinero necesario para iniciar los trámites.

Hoy, juntas por fin de nuevo, pasean por las Ramblas de Santa cruz, mirando de reojo a los chicos que pasan a su lado, cuchicheando y riendo, felices, en una tierra que sienten acogedora y cercana.

Albania Oyarzun.

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